Hacer-hacer es la única manera práctica de interesar al joven en una obra. Sólo la considera como suya cuando personalmente la lleva, la administra. Si no se siente responsable de éxitos y fracasos, se desentiende. Si se le da todo hecho, le tiene sin cuidado la Institución. Es lo que sucede en algunos centros educativos de estudios superiores o secundarios, y en la mayoría de las residencias llamadas colegios mayores. Se teme dar intervención a los jóvenes en el gobierno porque eso crea problemas, y se carece de la visión o del carácter necesario para afrontarlos y resolverlos. Se prefiere que sigan aniñados con tal que no creen dificultades. Se invoca una falsa prudencia, afirmando que es más seguro seguir circulando por raíles ya hechos que lanzarse a la aventura de abrir nueva vía, con el cúmulo de preocupaciones que supone. Claro que, con esta táctica del avestruz, el tren no descarrila nunca, pero tampoco llega a ninguna parte.

Es lo que está sucediendo en algunas obras que todos conocemos. En ellas, sacerdotes abnegados entregan sus vidas sin escatimar nada, pero no forman esos hombres que urgentemente reclama un mundo «que camina, sin saberlo, por derroteros que llevan al abismo, almas y cuerpos, buenos y malos, civilizaciones y pueblos»[1]. Hay algunos que parecen prudentes porque no hacen imprudencias, pero es que no hacen nada.

La raíz última de este fenómeno quizá sea lo que un sacerdote, Michonneau, llama el «miedo al adulto», que sienten los sacerdotes recién ordenados. Ese miedo nace de desconocimiento. A ese futuro sacerdote, en sus años de formación, le faltaron contactos con el mundo de los adultos. Un aprendizaje de los hombres se echó de menos. Es natural que al abandonar el seminario se incline hacia los niños y más hacia los que vienen a él que hacia los que habría que ir a buscar. Rehuye, sin darse cuenta, el contacto con adultos, a quienes no acierta a transmitir, con seguridad y sin deformarlo, el mensaje evangélico, y menos aún a suscitar en ellos la preocupación apostólica arrastrándoles hacia las obras que organice para la conquista de la masa. Es el infantilismo del apostolado que, o rehuye el trato con adultos o, si lo busca, manipula con ellos como si fuesen todavía niños, sin permitirles hacer-hacer, tener iniciativa, responsabilizarse, fracasar o triunfar.

P. Tomás Morales SJ, Laicos en Marcha.

[1] Pío XII, Exhortación por un mundo mejor, 10-2-1952, 1.

Publicado por Equipo de Autores on jueves, 23 de octubre de 2008
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